Mujeres Indígenas: migración educativa

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Christian Pillalaza, estudiante de periodismo multimedios de la USFQ

Ser indígena y ser mujer significa cargar con dos pesos a la vez. Migrar hacia la ciudad suma un tercero. Día a día, indígenas y afros salen de sus comunidades para alcanzar lo que sus padres no pudieron: el sueño universitario.

En Ecuador existen 13 nacionalidades indígenas en la Costa, Sierra y Oriente. La migración educativa de sus comunidades es, casi siempre, obligatoria. La educación superior aún está concentrada en las grandes urbes, donde códigos culturales distintos enfrentan la cosmovisión propia de los pueblos.

Leyes y responsabilidad social 

En Ecuador, gracias a una política pública, se exige a todos los establecimientos educativos una cuota obligatoria para la inclusión de pueblos y nacionalidades. Esta normativa de afirmación positiva ha permitido que miles de personas ingresen a la universidad por primera vez en la historia de sus familias. No obstante, desde décadas atrás han existido iniciativas particulares con políticas de cuotas similares.

Una de las políticas de cuotas particulares es el Programa de Diversidad Étnica de la USFQ que acoge a 501 estudiantes pertenecientes a pueblos y nacionalidades del Ecuador.

Más allá de los colores: el verdadero significado de la diversidad

En la academia, la diversidad significa cuestionar. El modelo educativo Occidental y la ciencia como principio fundamental del conocimiento es analizado, reconstruido, replanteado y hasta sustituido por la cosmovisión propia de los pueblos. Formas diversas de ver la vida, de interpretarla y vivirla.

Los significados son varios, el Dios cristiano ve su contraparte en el mismo sol y la luna, la dualidad defendida por el Ayni o el Ubuntu en los seres afro. Un traje que más que colores es símbolo de una lucha.

 

En las calles…

La doble discriminación por ser mujer e indígena aún prevalece. Triple si se incluye la condición migratoria.

¿Y en las aulas?

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Sammia Quisintuña

Runa Chibuleo y Salsaca

“Maríaaaaa”, se escucha en la Av. Interoceánica. Los buses arrancan y con ellos una parte del corazón de Sammia Quisintuña, runa Chibuleo y Salasaca, se vuelve más fuerte. Las connotaciones por ser indígena aún prevalecen en la ciudad. “¿Está buscando trabajo en una casa?”, le han preguntado más de una vez”.

¿Y usted qué hace aquí (Fuera de campus de la USFQ), aquí trabaja?", son solo algunas de las experiencias que fuera de las aulas se viven. Dentro, un ambiente es distinto. La discriminación es casi invisible. Por arte de magia desaparece, a la gente no le parece importar. Y eso, según Sammia, es bueno. “Porque se está normalizando”, comenta.

Ella reflexiona y cuestiona. Llevar vestimenta es más que una tradición. Los significados culturales y familiares abundan. El bordado de sus blusas, las walcas y los tupos de su abuelita. La faja que siempre le hizo su padre. Y, cómo no, la trenza: símbolo de resistencia runa milenario.

Ella siente. El mundo runa lo vive con orgullo. Las tradiciones son más que una repetición constante. Hablar de ontología y epistemología se condensa en la historicidad y la conexión con algo del cual se es parte. La individualidad promulgada por el orden occidental para ella es inimaginable. Primero su familia, su comunidad y sus valores. Ellos la configuran: el sol y la luna, la Pachamama.

Su tarea en la universidad: reivindicar la cosmovisión y el conocimiento runa.

Thalia Paqui

Indígena Saraguro

Pocas personas en la vida se conocen como Thalia. Ella siempre está sonriente y con un carisma que toca el alma. No hay nada de lo que ella no pueda sacar un buen chascarrillo. Se le sigue el juego y a veces se ofende, pero nada que un buen café no resuelva. La entrevista comienza y le pregunto sobre su llegada. Su voz cambia, su actitud se torna seria y sus palabras parecen ser calculadas. Ella sabe que tiene en sus hombros un deber con su familia y su pueblo. No es momento para ser chistosa, sino para demostrar todo lo que ha aprendido.

 
“Necesitamos hacer el doble de esfuerzos y tenemos más necesidades económicas. Pero que eso no sea un factor que afecte tu rendimiento académico. Debes aferrarte a tus sueños hasta que se vuelvan verdad”.

Ella es reflejo de un profundo pensamiento que solo la experiencia y las lágrimas pueden formar. “Cuando vine a la USFQ no sabía si me iba a quedar. Necesitaba un 95% de beca y si no lo conseguía mi papá no podía pagar ”. A ella le mostraron el cielo y tocó las estrellas, en su natal Yantzaza un ascensor eléctrico se asemejaba a aquellos artilugios que llevaban los gitanos a Macondo.

Emocionada por los ascensores en el campus, por las llaves que se abrían solas. Por la biblioteca más grande del país y porque -entre risas comenta- había papel en los baños…

En el colegio fue alumna destacada y puso empeño por estudiar en Quito. Salir del Valle de las Luciérnagas no fue fácil, 13 horas de viaje ininterrumpido en bus a Quito. Llegar sola a una ciudad que la hacía sentir chiquita. “No sabes cuántas veces quise tomar el primer bus a mi casa y regresarme. No quiero estar aquí papá”, es la tercera vez que me cuenta esa historia. Esta vez ante los micrófonos y no puedo evitar sentir el llanto que refleja su rostro.

Ella no se rinde. Ella sabe que no está sola y aunque al llegar a casa extraña a su familia y a su perro, ello le da otra razón para continuar.

$20 dólares a la semana, 20 metros cuadrados y una videollamada con su padre le bastan para seguir de pie.

4 años después, vestirá su toga en 2019.

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