Don Justo, uno de los últimos carboneros de Monte Sinaí

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Al despertar da gracias a Dios por un nuevo día, desayuna y se alista para recorrer varios kilómetros que lo llevan hasta lo que denomina su segundo hogar. Así empieza el día Justo Pachay Arriaga, uno de los últimos carboneros que existen en Monte Sinaí, en la provincia de Guayas.

Cuando llega a su lugar de trabajo se uniforma. Con pedazos de tela se sujeta las bastas del pantalón, se coloca un buzo de mangas largas para cubrir sus brazos, unas gastadas zapatillas cubren parte de sus pies y con un sombrero de paja en su cabeza da inicio a su jornada.

A sus 58 años recuerda que inició en esta actividad cuando tenía 10 años. En su memoria tiene las imágenes de quien fue su maestro en el oficio: su padre. Eran 4 hermanos y por ello recaía sobre sus hombros la responsabilidad de ayudar a conseguir el sustento diario para la familia.

Sus recuerdos lo transportan a improvisados caminos que recorrían para recoger troncos de madera. Con una hacha en la mano se internaban en un sector denominado Cerro Verde, en donde ahora están instalaciones de Petrocomercial. Las variedades recolectadas eran samán, mango, vainillo y chalum, muchas de ellas ya no existen en Guayaquil.

Don Justo el último carbonero
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Don Justo el último carbonero
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“Por caminos que nosotros mismos hacíamos, con garabatos -arnés- y en un burro cargábamos la leña hasta donde se construían los fogones”, cuenta.

Esta práctica se mantiene, pero ahora la madera llega hasta el terreno baldío en donde la queman, ya no deben ir a cortarla.

El proceso de elaboración de carbón se mantiene. "Una vez armado el horno, le ponemos una capa de paja y una de tierra para que no le entre aire, la prendemos y esperamos entre 3, 4 o hasta 6 de días según la leña, para acumular el carbón, después se arman los sacos y lo vendemos”, relata.

Don Justo, como lo conocen sus allegados, es una de las víctimas de la pobreza. Solo culminó la escuela. A eso lo obligó la crítica situación familiar. “Mi papá me preguntó: mijito quiere estudiar o trabajar; yo le respondí "chuta, papá, mejor quiero trabajar”. Y él al ver que no tenía quien lo ayude en su labor no le quedaba otra opción".

En la elaboración del carbón encontró una oportunidad de salir adelante, a los 17 años conoció al amor de su vida, quien hasta ahora lo acompaña. “La conocí cerca de la casa, me enamoré apenas la ví, estuvimos 2 años de enamorados hasta que nos comprometimos, pero recién me casé en el 2015”. Con ella procreó 4 hijos, tres mujeres y un varón, por quienes ha luchado para darles los estudios, “gracias a mi esfuerzo, ninguno seguirá mis pasos, este trabajo es muy duro”, dijo.

Ahora maneja su negocio que está ubicado en el sector conocido como “la ladrillera”, al noroeste de Guayaquil. “Aquí se trabaja desde las 06:30 de la mañana hasta las 8 de la noche a veces más tarde”, señala.

Su piel enegrecida y sus manos agrietadas son la prueba palpable del esfuerzo que demanda esta labor que a veces se realiza en jornadas de más de 12 horas.

Un pedazo de franela roja cubre la mitad de su rostro que refleja cansancio, da las últimas puntadas que servirán para cerrar el saco con el carbón que acaba de retirar del horno, luego será vendido junto a otros ocho que ya tiene listos.

El negocio ha decaído “antes vendíamos hasta 100 sacos cada 15 días, ahora con más esfuerzos solo hacemos entre 20 y 30”.

En invierno solía trabajar en construcciones, era maestro carpintero, pero asegura que por la edad ya no le dan espacio, por eso prefiere a veces descansar unos días, para retomar fuerzas y seguir en lo suyo.

Mientras otros hornos “exhalan”, el humo se confunde con el de la polvorienta calle de este sector un poco olvidado.

La jornada la realiza en compañía de un hermano y Ángel Mera, su sobrino de 41 años y quien luego de salir de una empresa hace año y medio se dedicó a esta labor. “Es muy difícil encontrar trabajo a mi edad, por eso espero seguir haciendo carbón, el trabajo no es malo”.

A Don Justo durante su niñez nunca se le cruzó por la mente tener una profesión, “yo solo quería trabajar para ayudar a mi familia, este trabajo me ha dado mucho, es muy duro y sacrificado pero gracias al carbón he sacado a mi familia adelante, no soy rico, pero sí muy feliz”, aseguró.

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