El hielero se siente orgulloso de escribir su nombre

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Baltazar Ushca: un nombre y un apellido de cinco vocales y ocho consonantes. Dos palabras cortas en sonido y escritura. Pero dibujar esas letras es difícil para su autor.

Empuñando un lápiz de punta gruesa, Baltazar plasma en un hoja de cuatro líneas, cada una de las grafías. Las letras mayúsculas son las más difíciles de escribir; las hace muy chiquitas. Borra y vuelve a empezar...

Esa práctica forma parte del aprendizaje que recibe Don Baltazar, más conocido como el último hielero del Chimborazo.

De lunes a miércoles, entre las 10:00 y las 12:00, el "hielero" -como lo conocen en la comunidad- asiste "sagradamente" a sus clases.

Su salón es una de las oficinas del Museo Itur de Guano, localidad de la provincia de Chimborazo, a 208 kilómetros de Quito.

 

 

Don Baltazar es guía del museo. Lo particular es que en lugar de exponer a los visitantes sobre las figuras arqueológicas como son la Momia de Guano, el hielero les habla de si mismo.

Para ello, se levantó una estatua que lo simboliza sujetando un pedazo de hielo. La figura mide 1,90 de altura; Baltazar, no mide más de 1,50.

Este ilustre personaje de 74 años no se aprende ningún texto para exponer a los turistas. Habla con los visitantes de sus largas jornadas hasta la mina del hielo, en el Chimborazo (6.268 m).

Como si fuera el abuelo de la familia cuenta las anécdotas de las largas travesías. La que más recuerda es cuando murió uno de sus burritos. "No aguantó el frío. Allá es súper helado", rememora.

Al llegar la hora de aprender, Baltazar interrumpe su jornada laboral y se sienta junto a José Altamirano Bagua, analista Distrital de Regulación en el Distrito de Educación Guano-Penipe.

En el escritorio está apilado material didáctico para continuar con el pénsum de cuarto de básica (tercer grado).

Antes de cada lección, José ordena el escritorio, busca los lápices y alista las hojas. Si Baltazar no puede escribir, José sujeta su mano y juntos arman las letras.

José lleva 16 años como educador y no pierde el entusiasmo. Dice que es un privilegio "servir al hielero". "Admiro cómo hace un sacrificio sacando hielo y lleva el pan del día al hogar", expresa entusiasmado.

Don Baltazar terminó de escribir. Nunca lo dice, pero su tímida sonrisa demuestra que se siente orgulloso de firmar su nombre y apellido.

 

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